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jueves, 16 de julio de 2020

MITOS Y LEYENDAS DE MI PUEBLO



EL ENTIERRO
Saga Mitos y Leyendas de mi pueblo
Los entierros y las guacas eran tesoros que dejaron ocultos personas fallecidas, algunos dejaron un custodio que bien podía ser un animal o un espíritu; y aquella persona que lograra "vencer" al custodio podría llevarse el tesoro.
Cuentan que muchos que transitaron por la vía entre Plaza Pelá al El Guamo, que en las horas de la noche podría ver debajo del palo de mango que quedaba después de la ye; una lucecita.Se rumoreaba que allí había un entierro.
En cierta ocasión alguien intentó sacarlo y se dió de cara con un enorme toro negro que lo corretió un buen rato.
Esta información llegó a oídos de cierta persona quien conocía a un experto saca entierros que vivía cerca y quien tenía fama de haber enfrentado al mismísimo perro negro y se vanagloriaba de haberle vencido; así que le contacto y decidieron sacar ese tesoro del que se comentaba que se trataba de un gran cofre repleto de monedas de oro y plata acumuladas por un viejo avaro que habitó por esos lados y del cual se rumoró que había llegado hasta allí huyendo por haber robado a alguien. Adquirió mucha tierra, raras veces se le vió por el pueblo, y el único amigo que se le conoció fue un viejo indio al que todos le tenían recelo porque decían era un brujo que adoptaba diferentes formas animales.
Esperaron la hora adecuada, el experto le advirtió a su acompañante que debía guardar absoluto silencio y permanecer alejado o de lo contrario fracasarian.
A las diez de la noche salieron de Plaza Pelá de a pie hacia El Guamo, el saca entierros iba equipado con las herramientas necesarias para tales menesteres.
Al llegar a la ye que forma el camino doblaron a la derecha y al doblar la curva alcanzaron a ver el frondoso palo de mango y al pie del mismo una tenue luz; la noche estaba muy oscura, la luna se ocultaba tras unos nubarrones.
Al llegar a determinada distancia se detuvieron, el saca entierros hurgó en su mochila y extrajo unas velas, las incendió con un fósforo formando una figura en el duelo al tiempo que rezaba algo a baja voz y arrojaba un polvo sobre la llama de las velas, se propagó un olor a incienso.
La luz azulosa que permanecía impavida de pronto se incrementó y de la nada apareció una persona sentada sobre un enorme cobre.
El saca entierros preguntó en voz alta "eres de esta o de la otra", el espectro le contestó con una voz de ultratumba, "sabes de donde vengo, no se porque preguntas tontería, que es lo que quieres?" el experto Lucía muy sereno "quiero liberarte para que puedas descansar en paz"; aquella aparición pareció molestarse, "me crees imbécil? ambos sabemos a qué vienes", el acompañante del brujo temblaba del miedo y de no ser porque las piernas no le respondían hubiese salido corriendo de allí.
"Ese tesoro ya no te pertenece, sólo te ata a este mundo, debes entregarlo, prometo pagar una misa por tu descanso eterno" propuso el experto. Aquel espectro soltó una espeluznante carcajada, "eres muy ingenuo si piensas que obtendrás mis ahorros tan fácilmente, sólo si vences a mi amigo será tuyo, si logras sacarle tres mantazos y darle una pencada en las nalgas al finalizar", "acepto" respondió el saca entierros, sin vacilar.
Sin decir más apareció un enorme astado negro como la misma noche, sus ojos eran como brasas y por sus narices emanaba humo.
El experto sacó de la mochila un trapo rojo y sin salirse de la figura formada por las velas invitó al toro con el trapo rojo; aquel animal escarbó y embistió ferozmente; el experto logró esquivarlo sin mover los pies. sólo inclinando el cuerpo... primer mantazo; el toro giro de inmediato y atacó nuevamente, por poco logra herir a su oponente quien le sacó el segundo mantazo; pero no pudo evitar la patada lanzada por el endemoniado astado con sus patas traseras, lo golpeó en el pecho, casi pierde el equilibrio. aguantó a pesar del agudo dolor en el pecho; aquel toro atacó dispuesto a acabar con su oponente quien sabía que era un duelo a muerte. Al tercer capotazo sintió el quemón del cacho en la costilla, se salvó gracias a su agilidad y al pasar el toro golpeó su anca con la mano abierta; aquel animal se volvió humo y desapareció... lo había vencido.
El espectro se levantó del cofre y dijo "es todo tuyo, haz con él lo que te de la gana, no olvides pagar la misa o iré por ti", sin esperar respuesta desapareció.
El tesoro era de ellos, el experto abrió el cofre y estaba repleto de brillantes monedas.
El acompañante corrió e introdujo las manos en el cofre y tirando las monedas al aire grito: "somos ricos nojodaaa", el experto intentó evitarlo pero fue muy tarde... el tesoro se esfumó con un fuerte estrépito.
Al sacar un entierro no se pueden decir malas palabras ni demostrar ambición, por eso se quedaron sin nada.
El experto nunca pudo recuperarse del golpe y la cornada y falleció un mes después, la gente comentó que se lo había llevado el entierro.
Por: Marto López

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MITOS Y LEYENDAS DE MI PUEBLO



NOCHE DE BRUJAS
Saga Mitos y Leyendas de mi Pueblo.
Era una noche fria y oscura, una menuda garua golpeaba el rostro de José Cristino quien maldijo entre dientes haberse comprometido con el patrón a conseguirle aquellos conejos para el día siguiente, pero necesitaba aquel dinero pues ya venía en camino su quinto hijo y había que comprar los alistes. Menos mal y abundaba la caza y él era considerado como el mejor cazador de la comarca.
El haz lumínico procedente de la lámpara ajustada en la frente de José Cristino cortaba la penumbra escrutando el horizonte en busca del brillo de los ojos de los conejos.
Aquella noche la suerte no parecía acompañar al cazador pues a pesar de estar en una zona donde abundaban los conejos no había encontrado al primero.
La luz del foco iluminó unos ojos brillantes... falsa alarma, era una zorra patona, sintió que la cabeza se le ponia grande; aquello no era buena señal.
La llovizna arreciaba un poco y empezaba a ventiscar, "debí hacerle caso a esa vieja bruja hp," recordaba lo que le había dicho la vieja Genoveva su vecina quien era la curandera de la vereda. También su mujer le había rogado que no saliera esa noche, pero la necesidad como dicen - tiene cara e perro - por eso lo hizo.
Se había alejado más de lo acostumbrado y sólo búhos encontraba pordoquier, "nojoda yo voy es pa la casa" decidió por fin.
Emprendió el viaje de regreso con su mochila terciá y su escopeta al hombro; cansado, abatido por no alcanzar su objetivo. encendió su tercer tabaco de la noche lanzando un escupitajo.
A pocos metros, al borde del tupido bosque la luz de la lámpara enfocó la coneja más grande que jamás habia visto; presuroso le apuntó con su vieja escopeta y amartilló; el humo de la pólvora lo cegó por un instante y al disiparse se sorprendió al ver comiendo a la coneja como si nada; no solía fallar "debí recargar mal ese cartucho" pensó y avanzó un par de pasos y recargó con otro cartucho la escopeta y disparó, volvió a fallar "bueno y que me pasa esta noche nojoda, estoy jodio" se lamentó. Avanzó más hacia la coneja que parecía ignorarlo y seguía comiéndo como si nada en el mundo. recargó está vez con un cartucho original, apuntó y disparó... increíble pero la coneja seguía allí comiendo tranquilamente.
"choz, esa vaina es una bruja" pensó José Cristino al tiempo que un enorme pájaro pasaba volando sobre su cabeza y su canto era una risotada burlona y luego otra y otra. Se le puso la piel de gallina, sintió miedo por primera vez en su vida y salió corriendo pero tropezó con una enorme puerca y rodó por el suelo, aquella puerca reía burlandose de él.
Se levantó y salió corriendo como loco, el bosque parecía girar en torno suyo... estaba perdido.
Corría, sin importarle que la zarza lacetara su cuerpo y rostro, rasgando su vestido; tropezando, caía y se levantaba y siguió corriendo hasta caer extenuado... ya no supo más.
La mañana siguiente al no regresar se temió lo peor y se organizó un grupo de vecinos para buscarlo. Antes de salir la vieja Genoveva les aconsejó que miraran hacia arriba; no entendieron que quiso decir, pero lo comprendieron cuando encontraron a José Cristino subido en una bonga altísima, nadie se explicaba como había llegado hasta allá, pues subirse era imposible. Bajarlo tampoco fue fácil y más en las condiciones en que se encontraba.
Dicen que aquella noche había aquelarre, era noche de brujas, aunque solo eran chismes de la gente, lo que si es cierto es que José Cristino no volvió a salir de caza y cuando le hablaban de Brujas decía: "de que las hay las hay"
Por: Marto López
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MITOS Y LEYENDAS DE MI PUEBLO



EL PENITENTE
Saga Mitos y Leyendas de mi Pueblo.
Es una historia verídica, sucedió hace un largo tiempo, cuando aún los alrededores donde está el pozo Pelinkú eran montes prácticamente vírgenes.
Un alma en penitencia es aquella que no ha podido entrar al cielo por que aún debe pagar algo en la tierra pero que no es tan mala para ser enviada al infierno; o sea, aún tiene una oportunidad de reivindicarse. Pero ocurre que algunas de estas almas al no poder cumplir su penitencia por cualquier motivo, terminan frustradas y se vuelven agresivas.
Dos señoras, cuyos nombres prefiero no mencionar, una tarde salieron hacia los lados del Pelinkú a recoger hojas de bija para teñir las esteras que elaboraban.
Aquella tarde veranera el sol brillaba imponente en el firmamento; las dos señoras conocedoras del terreno se adentraron por las trochas y fueron directas donde abundaba el bejuco de bija y recolectaron una buena cantidad, de pronto se formó un remolino y se llevó las hojas que habían juntado. Ellas se quedaron perplejas, no sabían que pensar ante lo sucedido, de pronto escucharon un ruido como si se acercara una manada de ñeques o guartinajas, lo que fuese venía llevandose por delante al monte.
Una de las señoras salió corriendo fuera del callo de monte y la otra decidió esperar a ver de qué se trataba; pronto se arrepintió porque lo que apareció fue un enorme esqueleto con fragmentos de ropa que medio lo cubrían.
Aquella señora corrió más rápido que una liebre y alcanzó a su compañera y de inmediato se desmayó. Duro tres días sin poder hablar.
Aunque siguieron dedicadas a las labores artesanales haciendo escobas, esteras y abanicos jamás volvieron a salir a recoger hojas de bija por miedo a volverse a encontrar al penitente.
Por: Marto López
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MITOS Y LEYENDAS DE MI PUEBLO


EL PERRO NEGRO

No se exactamente que hora sería, debía ser cercano al filo de la media noche cuando desperté sobresaltado, dando un salto que casi me saca de la lullida y parcheada hamaca en la cual dormía; instintivamente miré hacia el camastro donde dormían mis padres; fuera, en el patio "Arandú" y "Solim" las mascotas de la casa aullaban lastimeramente de manera inusual así como todos los perros de la comarca. Aferrado con ambas manos al borde de mi hamaca, miré a mis padres quienes intercambiaron una inteligente mirada y mi mamá se llevó un dedo a los labios indicando que guardara silencio; se levantó intentando no hacer ruido e incendio con un fósforo la lámpara de tubo la cual colocó en un rincón sobre el piso alisao; a punta de pie se acercó donde mi y acariciando mis cabellos me dijo en voz baja "duerme", esto me tranquilizó un poco pero los perros seguían aullando, entonando un coro inquietante, que erizó mi piel.
Volví asomarme para mirar a mis padres, tenía miedo, pero mi orgullo era más fuerte, permanecían despiertos, aunque fingian dormir para tranquilizarme pero esa aptitud me intranquilizó aún más.
Era una noche de luna llena y la luz de la luna se metía por las rendijas de las pencas con que estaban hechas las paredes de aquella humilde vivienda campesina, aún sin terminar de empañetar sus paredes con bahareque (mezcla de cieno con estiercol de burro o caballo); la luz de la lámpara de tubo proyectaba caprichosas figuras dentro del cuarto.
Presentía que algo no está bien, mis padres fingian dormir y ni siquiera se movían para evitar hacer ruido y los resortes del viejo camastro no chirriaran; de pronto los perros emitieron ladridos lastimeros como cuando algo los golpea y escaparon a toda velocidad, volví asomarme a mirar a mis padres quienes permanecian quietos casi sin respirar.
La lámpara repentinamente se apagó al acabarse su combustible; me quedé quieto, reinaba el silencio y sólo se escuchaba a lo lejos los aullidos de los perros de las fincas cercanas; repentinamente, afuera unos pasos sobre las hojas secas, un respirar agitado y un gruñir gutural se escuchaban; aquello, fuese lo que fuere daba vueltas alrededor de la vivienda con suma paciencia, como al acecho, buscando por donde entrar.
Mi corazón se quería salir del pecho, latía a mil. No se que me impulsó y baje de la hamaca y me acerqué a las rendijas de las pencas sin empañetar, y justo alli, bañado por la luz de la luna estaba aquella cosa enorme, negro como la noche, ojos rojos como brasas, fauses enormes y babeantes... Me estaban mirando!.
Una mano enorme cubrió mi boca ahogando mi grito de terror... era mi padre, me cargo suavemente hasta la cama al tiempo que me decía "es el perro negro, no hagas ruido y pronto se irá", me acurruque en el pecho de mi mamá intentando que el viejo camastro no crujiera.
Fue la noche más larga de mi vida, mi corazón seguía latiendo fuerte; luego reinó la calma, cesaron los aullidos y el cantar de los gallos anunciaron un nuevo día.
Al día siguiente llegaron las noticias que en una finca cercana el perro negro le había matado tres perros sacado les las azaduras.
"Arandú" y "Solim" aparecieron a los tres días aunque nunca fueron las mismas mascotas de antes, el miedo vivía en ellos; al igual que en mí por mucho tiempo.

Por: Marto López
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miércoles, 15 de julio de 2020

EL ALGARROBO: ARBOL INSIGNIA DE LOS GALERANOS


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EL ALGARROBO: ÁRBOL INSIGNIA DE LOS GALERANOS


Por: Marto López

Al llegar al Municipio de Galeras, en la sabana sucreña, lo primero que notamos son unos frondosos árboles que bordean la carretera; esos árboles de flores blancas y brillantes hojas, no es otro que el algarrobo (Fabaceae Hymenaea courbaril). La palabra algarrobo se deriva del árabe "al carub", que significa el árbol por antonomasia y es el nombre más común con que se conoce en diferentes lugares de América Latina. Algunos otros nombres con los que se le conoce en el mundo son: Jatobá, stinking toe, azucar huayo, jataí, copal, brazilian copal, courbaril, cayenne copal, demarara copal, gomme animee, pois confiture, guapinol, guapinole, loksi, South American locust.

El algarrobo es propio de las zonas tropicales, Crece entre 40 y 2300 msnm, con temperaturas medias de 12 a 28°C, y precipitaciones de 800 a 10000 mm anuales. Se desarrolla en suelos francos y francoarenosos, puede crecer en suelos ácidos muy pobres, soporta hasta cuatro meses de sequía; no debe confundirse, con los algarrobos de clima frío ni menos con el algarrobo del Mediterráneo; llega alcanzar una altura de hasta 40 metros de altura y hasta 150 centímetros de diámetro y 14 metros o más de copa; es sin duda un árbol de gran frondosidad y sitio preferido donde los campesinos galeranos suelen descansar y abrigarse del intenso sol veraniego tras duros jornales de desmonte de potreros o cuando pastorean los rebaños.

El himno de Galeras, autoría de un hijo ilustre de esta localidad, Salomón Simahan (q.e.p.d.); dice en una de sus estrofas “y humilde sombrea el algarrobo, saludando orgulloso al labriego…”, además está presente en el escudo de Galeras. Es muy elocuente el vínculo intrínseco del galerano con este hermoso árbol a través de la historia.

Cuentan algunos antropólogos que han estudiado como se dio la colonización de estas tierras; ellos describen un paisaje agreste, con lugares pantanosos, terrenos planos y pastizales ideales para pastar el ganado, y extensos bosques donde abunda el algarrobo.  Allí bajo su sombra solían guarecerse de la lluvia y de los rayos del sol los primeros transeúntes y establecieron los primeros campamentos para pernoctar en su paso hacia La Mojana. Con el tiempo construyeron casuchas, cuyo número fue aumentando; justo al lado de esos bosques de algarrobos surgió San Cosme; caserío que luego se trasladaría de lugar pero que sería el origen de Galeras.  Hay que anotar que el lugar exacto donde se surgió San Cosme es aún indeterminado, aunque existen muchas teorías al respecto.

Como podrán darse cuenta el algarrobo tiene fuertes vínculos con el pueblo galerano, por tal, y debido a cierta rivalidad territorial entre Sincé y Galeras; los primeros empezaron a identificarnos llamándonos despectivamente “algarroberos”, mientras nosotros los llamábamos “mazamorreros”, en relación al delicioso plato elaborado del maíz.  El galerano con el tiempo se apropió de aquel término despectivo y lo convirtió en parte de su esencia; hoy en día se siente orgullo cuando nos llaman “algarroberos”.

Con los años al crearse el Festival Folclórico de Gaitas y Cuadros Vivos se le agregó el apelativo de la Algarroba, como manifestación del orgullo del pueblo galerano hacia este árbol.  Los ganadores en las diferentes modalidades reciben un trofeo que consiste en una mano sosteniendo una algarroba.

El Festival Folclórico de la Algarroba y Cuadro Vivos, poco a poco fue ganando reconocimiento a nivel local, regional y nacional y hasta alcanzar la categoría de patrimonio inmaterial de la nación.

El fruto del algarrobo es una bacota de color rojizo o marrón, varía su tonalidad dependiendo de la variedad, de corteza resistente y leñosa y semillas recubiertas con una pulpa o polvo de color blancuzco o verdoso y olor característico cuyo valor nutricional es destacado.  Algunos le otorgan poderes afrodisiacos; por otra parte están comprobados sus beneficios medicinales.

 


 


Con el fruto de la algarroba se elabora una deliciosa jalea, también dulces, y otros tantos productos. 


La pulpa de su fruto tiene alto contenido de fibra rica en sustancias antioxidantes y con alta capacidad de absorción de agua. La gran cantidad de sustancias químicas que hay en las diferentes partes de esta planta la constituyen en una fuente interesante de futuras investigaciones con respecto a la obtención de conservantes naturales, compuestos con capacidad de retención de agua e ingredientes con capacidades antioxidantes, que puedan ser usados en alimentos sin que representen un riesgo potencial para la salud del consumidor.

 





jueves, 7 de mayo de 2020

MITOS Y LEYENDAS DE MI TIERRA

LA LLORONA
Saga Mitos y Leyendas de mi Pueblo.

El mito de la llorona es el más extendido en Latinoamérica, desde México a la Patagonia existen diversidad de leyendas de este tipo, con el factor común. de una bella mujer que deambula buscando a sus hijos.
Sus orígenes se remontan a la época de la conquista y muchos la relacionan con el mestizaje y la irresponsabilidad de una mujer para con sus hijos y el castigo divino a deambular eternamente en busca de ellos.
Hay versiones dramáticas que hablan de que una mujer muy bella que en un ataque de celos por la desatención de su marido ahogó a sus hijos y luego se arrepintió, pero ya era demasiado tarde; podríamos enumerar varias versiones, cada lugar la adapta a su idiosincrasia manteniendo su trama.
En nuestro país igualmente existe una diversidad de versiones; lo que indica que está manifestación mítica hace presencia en todas partes.
Ocurrió hace muchos años, cuando aquel joven venía de un baile en la Plaza de la Cruz y primero pasó a dejar a su novia en su casa en la calle Real, luego se dirigió a la suya en el barrio San Carlos; al pasar por la calle Pekín sentada en un corredor encontró a una bellísima mujer quien lloraba desconsoladamente, se detuvo algo confundido y sorprendido ante la belleza de aquella joven mujer la cual Lucía un vestido algo desaliñado y sus finos pies descalzos.
"Que le pasa señora, porque llora de esa manera", preguntó el joven tratando de consolarla; ella no le contestaba, sus manos cubrían su rostro empapado por sus lágrimas, mientras su cuerpo se estremecía presa del llanto. "por favor cálmese, dígame en qué puedo ayudarla" insistió el simpático joven quien se sintió bastante atraído por la bella llorona.
Se sentó a su lado y tocó una de sus manos, estaba helada, ella se calmó un poco y retiro las manos de su lloroso rostro; él entonces pudo verle la cara al reflejo de aquella esplendorosa luna llena.
Quedó boquiabierto ante aquella carita angelical de oscuros y húmedos ojos, nariz bien perfilada y carnudos labios rosados; el largo cabello algo ensortijado le llegaba a la cintura.
"Mis hijos... no los encuentro", dijo con aquella voz ronca de tanto llorar.
"Yo, puedo ayudarle a buscarlos" se ofreció solicito el joven.
Ella le indicó que habían salido a bañarse al pozo de "El Loco" y no habían regresado aún; "ya es un poco tarde pero vamos por ellos" propuso aquel muchacho.
Subieron por la calle Pekín y doblaron por la Sucre y siguieron por el callejón de La Ceibita; la mujer seguía llorando dejamente y el muchacho la seguía embelezado por su sensual belleza
que dejaba entrever un cuerpo perfecto medio cubierto por su lullido vestido.
Siguieron por un sendero amontado hasta llegar al pozo; la luna se reflejaba caprichosa en la quietud del agua.
Se detuvieron en la orilla y el jovencito entonces giro para decirle a su bella acompañante que allí no estaban sus hijos, pero el terror impidió pronunciar palabra alguna; aquella despampanante mujer se había convertido en un cadáver putrefacto al cual sus podridas carnes se le caían por pedazos, la llorona abrió su desdentada boca para decir "tu no eres mi hijo".
Fue lo último que vio aquel muchacho; quien fue encontrado al día siguiente por unos pelaos que iban por unos barriles de agua.
La historia de la llorona nunca jamás se supo, porque aquel joven no fue capaz de recobrar su razón y terminó sus días vegetando sin poder hablar.
Por: Marto López
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martes, 12 de junio de 2018

BALDOR SALVO MI VIDA


Por: Martin Rogers

Esta es una historia singular, algo inverosímil, pero ocurrió realmente. 
Todo comenzó en aquellas vacaciones de junio, yo tendría para la época unos quince años, cursaba Noveno en el Bachillerato de mi pueblo; no puedo mentirles, adoraba las vacaciones porque me mantenían lejos del colegio y cerca de lo que más amaba… la naturaleza.
Era feliz corriendo por la pradera, cabalgando, bañarme en los jagüeyes, salir de cacería con mis amigos y hermanos; eso era lo mío, no el aburrido colegio, en donde enseñaban solo bobadas inútiles.
Nací y me crie en una pequeña parcela enclavada en la sabana sucreña, como cualquier niño de la región, corriendo por los pastizales detrás de los becerros, explorando los montes, trepando árboles, nadando en el arroyo, escuchando los diversos trinar de las aves y respirando el aire libre del campo; para mí ese lugar era el paraíso… aún conservo en mis recuerdos el olor a tierra mojada al pasto de cocuyo florecido.
Desde niño aprendí a trabajar el campo, ordeñar, cultivar la tierra; mis amigos me admiraban por ser un buen cazador y me seguían en mis aventuras por el monte.
Obligado por mis padres termine la primaria en una escuela rural que estaba ubicada cerca de la granja; luego me matricularon en el pueblo que quedaba algo retirado y por tal me tocaba vivir donde la tía Saturnina, una anciana que vivía sola pues no tuvo hijos y había enviudado. 
Mi rendimiento académico no era el mejor y mi comportamiento en clases menos por lo que los profesores me habían catalogado como un “alumno problema” y con toda la razón.  Mas debo aclararles que no es que fuera bruto, no, simplemente no tenía interés por el estudio y aun así aprobada los cursos aunque fuera a rastras.
Al salir de vacaciones empaqué mi ropa en un costal y salí disparado de la casa de mi tía Saturnina casi sin despedirme; no podía ocultar mi felicidad pues tendría un mes para pasarla súper en la granja.  La vieja bicicleta que me servía de transporte parecía volar por aquellos caminos polvorientos y llenos de huecos. Al llegar arroje mi “maleta” en un rincón y salí corriendo para el palo de mamón al cual me subí y empecé a degustar la sabrosa fruta encaramado en una rama, mi mamá casi se desgalilla llamándome para que me bajara, le preocupaba que me fuera a caer y “desmalayar”, por supuesto no le hacía caso hasta que escuchaba la temible voz de mi papá, ahí enseguida me bajaba pues de no hacerlo era capaz de subir y bajarme y pegarme una buena limpia, era un tipo de mucho carácter.
Cuando estábamos cenando mi papá me miró algo serio y mostró unos papeles que tenía en su mano, “es tu boletín de calificaciones del primer semestre”; su rostro lo decía todo, pues aquel boletín reflejaba las malas notas obtenidas por mí; parecía una “manta de torero”, puro rojo, llevaba nueve materias perdidas. Ante esa situación mi padre fue claro y tajante “si no quieres estudiar entonces trabajaras”, era una sentencia que había que cumplir y la verdad era lo que yo quería en esos momentos.
Lo que pensé que serían unas vacaciones divertidas se convirtieron en una pesadilla, trabajaba de sol a sol hombro a hombro con mi padre y hermanos mayores, desmontando, sembrando, pastoreando, recolectando.
Era clara la intención de mi padre, quería amedrentarme de tal manera que cambiara de aptitud y valorara los estudios pues así me lo recalcaba a cada rato, cuando me veía acobardado por el intenso sol de mediodía, “si estuvieras estudiando nada de esto te estaría pasando”. Mi blanca piel había cambiado de color y ahora lucia quemada, mis manos callosas y mis uñas llenas de tierra.
El fuerte verano secó los pastizales y había que llevar a pastar las vacas a  un lugar lejano a orillas del rio.  Mi papá decidió que era yo quien debía acompañarlo y salimos por la madrugada él en un caballo y yo en el viejo mulo arreando las pocas reces hasta el lugar escogido  en la orilla del rio donde abundaba el pasto y agua para que los animales se alimentaran y abrevaran; en aquel construimos un improvisado corral con alambre de púas y una enramada para guarecernos.  Llevábamos como cinco días en aquel lugar cuando llegó un emisario enviado por mi mamá avisando que la niña estaba enferma y necesitaba de la presencia de mi papá. “tendrás que quedarte solo un par de días”, sentí un escalofrió recorrer mi espina dorsal pues sentía pavor quedarme solo en un lugar tan inhóspito. “mantén el fuego encendido por las noches, eso mantendrá alejado al tigre, allí te queda el chopo, solo úsalo si es necesario, ten cuidado con eso”. Fueron las recomendaciones de mi padre al salir; lo del tigre no era ningún chiste, por las noches le había escuchado rugir en cualquier sitio no muy lejano.
Yo conocía aquel lugar pues no era la primera vez que iba, por lo que decidí llevarme el bolso con los libros y cuadernos para entretenerme en ratos de aburrimiento.  Abrí aquel bolso y lo primero que vi fue aquel libro de matemáticas que tantos dolores de cabeza me había dado. Tome aquel libro que asociaba al odiado profesor Godofredo Altamirano quien me la tenía montada y siempre me pasaba al tablero en donde por supuesto terminaba haciendo el ridículo, y esto me daba mucha pena, sobre todo con Luciana Díaz, aquella niña de tiernos ojos color miel que tanto me gustaba. “Señor López, ¿a que viene usted al colegio? ¿A perder tiempo?, será mejor que se quede en su casa… es usted un burro cargado con jolones”.  Palabras ofensivas e hirientes por supuesto; esto causaba la hilaridad de mis compañeros que también me la tenían montada.
Mientras pastoreaba, encerraba, ordeñaba y hacia el queso, me quedaba tiempo para darle una mirada a la Baldor e intentaba resolver aquellos problemas que nunca fui capaz de resolver.  Un día resolví el primero y fue como si una luz se encendiera en mi cabeza, así, los fui resolviendo uno a uno, del más sencillo al más complicado… solo había que ponerle lógica.
Estaba tan entusiasmado aquella noche que resolví tantos problemas que el cansancio y el sueño me vencieron y al no alimentar la fogata esta se apagó y solo permanecía encendido el mechón sobre la improvisada mesa.
No sé qué horas de la noche serian cuando escuche un fuerte estrepito y escuche el ganado escapar en estampida, arrastrando consigo la débil alambrada; cuando levante la cabeza, allí estaba, justo frente a mí, mirándome con sus ojos amarillentos, con sus enormes colmillos y sus poderosas garras… era el tigre.
El terror me paralizaba, el chopo estaba del otro lado del tigre y no podría alcanzarlo; el enorme tigre que lucía algo hambriento se lanzó contra mi dando un ágil salto; instintivamente le arrojé lo único que tenía en mis manos que era aquel libro de matemáticas.
Fue como una escena de película, el tigre saltó por sobre la improvisada mesa que no era otra cosa que una troja mal elaborada con pencas en donde estaba el mechón de petróleo… al arrojar el libro golpeo al mechón provocándose una repentina explosión justo cuando el tigre pasaba; por unos instantes quede ciego por la luminosidad y luego por el humo; entre penumbras pude ver como el enorme tigre huía a todo correr, “debe llevar los bigotes chamuscados” pensé.
Al siguiente día regresó mi padre con la buena noticia que la niña ya estaba mejor, que ya no tenía fiebre y la diarrea se le había parado, lo cual me alegro mucho.
Esa noche después de contarle a mi padre lo sucedido aproveché para decirle que deseaba volver al colegio; mi padre me miró largamente, sentí que leía mis pensamientos, luego simplemente dijo “no hay problemas”.
Al terminar aquellas de vacaciones que jamás olvidaré, viaje a Galeras a donde mi tía Saturnina que como siempre me recibía muy efusivamente. Nunca imaginé sentir tanta alegría al regresar al colegio, en el salón algunos me miraban con extrañeza porque no pensaban que regresaría y otros al notar lo quemada de mi piel como consecuencia de los días trabajados bajo el abrazador sol de la sabana sucreña.
El profesor Godofredo Altamirano no pudo disimular su sorpresa al verme allí nuevamente; sin embargo me dio la bienvenida socarronamente como solía tratarme, “López, no pensé verlo otra vez por aquí, al parecer estuvo trabajando duro porque luce muy quemado por el sol”, note cierta ironía al decirlo, lo cual me hizo pensar que algo había hablado con mi padre.
Al finalizar el bachillerato y para sorpresa de muchos me gradué con honores, siendo el mejor estudiante del grado Once y obteniendo una beca para estudiar Ingeniería en una de las mejores universidades del país.  Pero el mejor permio me lo dio Luciana Díaz, quien el día de la graduación se acercó a mí y me dio un suave beso en la mejilla y me susurro bajito “te amo”.
Hoy día soy profesional y he podido sacar a mi familia adelante, soy profesor de matemáticas en la Universidad donde estudie; como verán aquel episodio con el tigre fue muy significativo en mi vida, por tal puedo decir que “Baldor salvó mi vida”.
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